Debe su nombre a los enormes arcos que el mar abrió en la roca a lo largo de los siglos y que recuerdan a las catedrales góticas. Su visita es obligada para cualquier turista que se acerque a la costa lucense y resulta un auténtico lujo contemplar la salida o la puesta del sol desde el amplio arenal de esta playa, que igual que en Os Castros, se oculta por entero bajo la pleamar.